

Nacido en Reus en 1902,
en una familia de obreros del textil, sólo le será posible frecuentar breve
tiempo la escuela primaria. En El eco de los pasos recordará con cariño a
uno de sus maestros, el republicano Grau. Una huelga perdida que significará la
miseria para su familia y los encuentros armados en Reus entre obreros y sol-
dados durante la "Semana Trágica" serán sus primeras impresiones de las luchas
sociales. Niño todavía, empezará a trabajar en la hostelería en Reus, en
Tarragona y, finalmente, en Barcelona. Le conquista rápidamente la magia de la
gran ciudad. Allí asiste a los enfrentamientos originados por la huelga general
de 1917, y participa en la fundación del Sindicato único de camareros (CNT).
Tras
muchos años de silencio y de huir de todo tipo de protagonismo histórico, desde
su exilio mexicano Juan García Oliver da a la publicidad sus Memorias.
Anarcosindicalista de la primera hora, hombre bregado en huelgas y luchas
revolucionarias, este antiguo camarero, huésped asiduo de los más duros penales
de la dictadura de Primo de Rivera, había de convertirse en una de las figuras
políticas claves del bando republicano. Su intervención resultó decisiva para la
continuidad de la legalidad republicana en Cataluña tras la derrota de las
fuerzas insurrectas y más tarde, siendo ya ministro de Justicia, había de
convertirse en hombre puente a quien confiar el allanamiento y suavización de
los antagonismos que enfrentaban a las fuerzas en el seno de la República.
De sí mismo, Juan García
Oliver ha dicho: "Mi muerte será gris y posiblemente
llegue con demasiado retraso." Más de medio siglo de actividad militante
hacen imposible una biografía sucinta, a la manera clásica, que marque los hitos
más importantes de su vida. Lo importante en García Oliver es el hilo conductor,
la coherencia íntima de sus actos.
Es una época agitada en
la que menudean los enfrentamientos entre sindicalistas y pistoleros a sueldo de
los patronos. Busca la compañía de sus compañeros más radicales. La figura más
sobresaliente del sindicalismo es entonces Salvador Seguí, "el Noi del Sucre", y
García Oliver toma postura en contra de las tendencias reformistas que se
atribuyen a este dirigente. La primera huelga de camareros dará lugar a sus
primeras prisiones. Tiene 17 años. La cárcel será una experiencia rica para él y
le permite conocer a anarquistas y sindicalistas ya notorios.
A su liberación será
comisionado por el Comité regional de la CNT de Cataluña para organizar los
sindicatos de su comarca natal, feudo entonces de la UGT y del lerrouxismo. En
Reus existe industria textil, tenerías, serrerías, molinos de aceite, empresas
de transporte y construcción. García Oliver trabaja como camarero. La oligarquía
local, enriquecida por la primera guerra mundial, es dura y está influida por
los jesuitas y el requeté. Hay pocos militantes anarquistas. Pero su labor de
organizador tendrá inmediato éxito: ganará su primera huelga, la de transporte,
aplicando la enseñanza del "Noi del Sucre": si se plantea una huelga, hay que
ganarla, cueste lo que cueste.
La consolidación del anarco-sindicalismo en la década de los veinte
Hace sus primeras armas
como orador, junto a Salvador Seguí, a Manuel Buenacasa, a Juan Peiró; a Andrés
Nin. Reus, Borjas, Falset, el Vendrell, Flix, Constantí, Tarragona, constituyen
el cuadro de su actividad como propagandista y organizador. El año 1920, será de
éxitos Cenetistas en Tarragona. Estos éxitos suscitan la escalada represiva de
los patronos y de las autoridades, y el año 1921 será de gran dureza para los
sindicalistas revolucionarios. Aparecen en la provincia los pistoleros del
Sindicato Libre, se multiplican las detenciones, las recogidas de periódicos
anarquistas, los consejos de guerra contra sindicalistas acusados de
antimilitarismo. A los intentos de organización de los sindicatos católicos
propiciados por los patronos, responderán los anarquistas con una violencia que
costará vidas.
A finales de 1921 forma
parte de una comisión de Cenetistas que visita en Madrid al Gobierno para
intentar resolver la crisis textil, pero cuyo objeto oculto era preparar el
atentado contra Eduardo Dato, jefe del Gobierno, el hombre que refiriéndose a
los sindicalistas de la CNT dijo: "Sus y a ellos". García Oliver obtendrá el
dinero necesario para la empresa, pero en el momento del atentado estará de
nuevo en la Cárcel Modelo de Barcelona. La muerte de Dato dará lugar a su
liberación y podrá asistir en calidad de representante de los sindicatos de Reus
a la Conferencia nacional de la CNT en Zaragoza, primera asamblea de carácter
nacional a la que asiste.
En 1923, a petición de
los "hombres de acción" que organizaron el atentado contra Dato, se instalará en
Manresa, donde se opondrá violentamente a los pistoleros del Sindicato Libre. El
asesinato del "Noi del Sucre" le sorprenderá en Barcelona. A petición de los
órganos superiores de la CNT organizará el grupo "Los Solidarios" para responder
al terrorismo del Sindicato Libre. "Los Solidarios" matarán al cardenal
Soldevila en Zaragoza y a Reguera! en Toledo.
Condenado a raíz de un
encuentro sangriento con los pistoleros del Libre es enviado al Penal de Burgos,
donde permanecerá varios años.
En 1926 se exilia en
Francia. Amante de las grandes ciudades, García Oliver recordará en sus Memorias
un París insólito, en el que frecuenta a anarquistas franceses, rusos, italianos
y españoles, algunos de ellos supervivientes del dispersado grupo "Los
Solidarios", y también a nacionalistas catalanes. Tiene trato frecuente con
Maciá, pero no secunda sus proyectos de invasión armada de Cataluña. Los
esfuerzos de García Oliver para unificar la acción de los sindicalistas y
anarquistas españoles exiliados en Francia fracasarán.
Un anarquista italiano -Schiavina-
le transmite una carta de Errico Malatesta en la que éste expresa la necesidad
de ajusticiar a Mussolini. El atentado, que debía ser llevado a cabo por el
propio García Oliver, junto con Durruti, Ascaso, Aurelio Fernández y Jover, no
tendrá lugar porque los anarquistas italianos no pudieron aportar los medios
materiales necesarios. Este grupo se propondrá, por sugerencia de Durruti,
atentar en el propio París contra Alfonso XIII. Delatados antes de pasar a la
acción, el grupo se dispersará: Durruti, Ascaso y Jover serán encarcelados;
Aurelio Fernández y García Oliver vuelven clandestinamente a España y son
detenidos en Pamplona. García Oliver será condenado y enviado de nuevo al Penal
de Burgos. Tiene entonces 25 años. El 13 de abril de 1931, sublevará la
población reclusa y proclamará la República en el propio penal
El nacimiento de la Federación Anarquista Ibérica (F.A.I.)
En Barcelona encuentra
una CNT en pleno proceso de reorganización tras los años de clandestinidad
impuesta por la dictadura de Primo de Rivera y dominada por la tendencia
reformista que inspira Ángel Pestaña. Prácticamente solo, García Oliver expone
en el Congreso nacional de la CNT de 1931, el embrión de lo que pronto serán las
posiciones "faístas": la táctica de la "gimnasia revolucionaria" encaminada a
impedir que la Segunda República se estabilice y que la CNT caiga en el
reformismo, el llamado "treintismo", posiciones que simbolizará la bandera
rojinegra, creada por el propio García Oliver y que se enarbola por primera vez
el 1.° de mayo de 1931 en una manifestación que acabará en tiroteo en la plaza
de San Jaime de Barcelona. Ese mismo verano, se constituye de manera informal el
grupo "Nosotros" integrado por Durruti, Ascaso, García Oliver, Ricardo Sanz,
Aurelio Fernández, Gregorio Jover, Antonio Ortiz y Antonio Martínez. El Comité
de Defensa Confederal, integrado por miembros de este grupo, organizará, en
aplicación de la táctica de hostigamiento a la República, los hechos del 8 de
enero de 1933, cuyo más notorio acontecimiento fue la matanza de Casas Viejas.
García Oliver será detenido y apaleado cruelmente por los guardias de Asalto en
la Jefatura de Policía de Barcelona.
Defensor de la
independencia y de la hegemonía obrera de la CNT, García Oliver encabezará la
oposición a la huelga general de octubre de 1934 y será duramente criticado en
el propio seno de la CNT, especialmente por los sindicalistas asturianos. A
fines de 1935, en unión de Durruti y Ascaso, negociará con delegados de Esquerra
de Cataluña, que representan también al Frente Popular, la no abstención
electoral de la CNT a cambio de la amnistía y de la entrega a los
anarco-sindicalistas de armas, base material para su plan defensivo ante el
previsible golpe de Estado derechista en caso de victoria electoral de las
izquierdas. Esquerra y el Frente Popular no cumplirían la segunda parte de su
compro- miso y ello será una de las causas de la debilidad de la respuesta de
los anarco-sindicalistas andaluces y gallegos frente al golpe de Estado de julio
de 1936.
En el Congreso de
Zaragoza de mayo de 1936, su papel será determinante en la reunificación de los
sindicatos "treintistas" y de la CNT. Pero es duramente atacado por su propuesta
de creación de milicias sindicales y el texto de su ponencia sobre el comunismo
libertario será sustancialmente alterado.
Los días 18, 19 y 20 de
julio de 1936 dirigirá los cuadros de Defensa de la CNT en la batalla
barcelonesa contra los militares sublevados, pero en el Pleno regional de la CNT
del 23 del mismo mes su propuesta de proclamar el comunismo libertario, de "ir a
por el todo", será combatida por Abad de Santillán y Federica Montseny y
derrotada. Este acató la decisión del Pleno y pasó a dirigir de hecho el Comité
Central de Milicias de Cataluña, organismo en el que Companys y los partidos del
Frente Popular contaban canalizar las energías revolucionarias hacia meras
tareas de orden público, pero que, compuesto por representantes de todas las
fuerzas antifascistas organizadas, se convierte en verdadero gobierno catalán,
responsable no sólo del mantenimiento del orden, sino también de la industria
(cuya colectivización alienta) de la defensa del territorio, organizando
milicias y Consejos de Obreros y Soldados y formando oficiales. Nunca había
gozado Cataluña de instituciones propias tan completas desde su anexión a la
corona española.
El Comité de Milicias
tropezó con la enemiga del Gobierno de la Generalidad, con las maniobras de los
partidos del Frente Popular y con la oposición del Gobierno central y halló
escaso calor en las instancias dirigentes de la CNT y de la FAI, que hicieron
suya la frase de Durruti ("Renunciamos a todo menos a la victoria") que
coincidía con la consigna comunista de "primero ganar la guerra, después hacer
la revolución". Las conversaciones que García Oliver inicia con el Comité de
Acción marroquí no llegarán a resultados a causa del desinterés del Gobierno
central, temeroso de crearse conflictos con Francia e Inglaterra si contribuía a
modificar el equilibrio colonial en el Magreb.
La columna "Los
Aguiluchos" organizada por García Oliver será un fracaso: los 15.000 hombres
previstos serían reducidos por los organismos de la CNT a unos escasos 2.000. La
correlación de fuerzas, materialmente a favor de la CNT, será modificada
políticamente por la indecisión y la falta de perspectivas revolucionarias de
sus propios dirigentes.
"Un ex-presidiario Ministro de Justicia"
El Comité de Milicias es
disuelto y los Cenetistas entran en el Gobierno de la Generalidad, primero, y en
el Gobierno de Largo Caballero poco después. Opuesto a la disolución del Comité
de Milicias y a la participación gubernamental de la CNT, García Oliver será,
sin embargo, ministro de Largo Caballero, junto con sus compañeros de
organización, Federica Montseny, Juan Peiró y Juan López. Rasgo típico en él,
una vez se ha plegado a la decisión de la CNT, García Oliver lleva a cabo su
labor con la mayor eficacia posible: pone fin a los asesinatos que llevan a cabo
en Madrid las Juventudes Socialistas Unificadas, disuelve el "Tribunal de la
Sangre" en Valencia, ordena la destrucción de los archivos de antecedentes
penales y dicta una serie de leyes de inspiración revolucionaria: creación de
Tribunales Populares, reforma penitenciaria, igualdad de derechos para ambos
sexos, redención de penas por el trabajo. Gobierna mediante una política de
hechos consumados, frente al ala más reaccionaria del Gobierno y con el apoyo
táctico de Largo Caballero, oponiéndose a la creciente influencia del Partido
Comunista y de la URSS, a pesar de las amistosas relaciones que mantiene con los
diplomáticos y consejeros militares soviéticos. Propone la constitución del
Consejo de Defensa, supremo organismo para la dirección de la guerra, del que
será miembro encargado particularmente de la organización de las Escuelas de
Guerra.
Largo Caballero perderá
el poder, víctima de la confluencia de diversos intereses contradictorios
sostenidos por el Gobierno soviético, todos ellos opuestos al predominio del ala
socialista izquierdista y del anarcosindicalismo.
La lectura de las
Memorias de García Oliver, El eco de los pasos, hace plausible la
hipótesis de que los agentes soviéticos en España estaban divididos y que
durante algún tiempo se sopesó la conveniencia de apoyar la línea política que
representaba García Oliver.
A partir de junio de
1937, contemplará en Barcelona la degradación de la situación republicana y
tratará de oponerse al influjo creciente del Partido Comunista. A comienzos de
1939, se ofrecerá, sin ser escuchado, a defender la ciudad y tendrá que pasar a
Francia. Desde allí, perdida Cataluña para la República, propone volver a la
zona Centro-Sur para proseguir la guerra. Tampoco será esta vez seguido. Acepta
y justifica la constitución de la Junta del coronel Casado, considerándola como
la única solución para llegar a una paz pactada con Franco.
Empieza entonces para él
un exilio que durará hasta nuestros días. Primero en Francia. Luego en Suecia.
Al comienzo de la segunda guerra mundial, obtiene un visado de tránsito de la
URSS y, a través de la Siberia, se embarcará para llegar a México, donde todavía
reside. Allí, reorganizará a la CNT, de la que será secretario nacional en 1944,
sosteniendo la postura de que los exiliados españoles deben reconstruir las
instituciones gubernamentales, se declaren beligerantes en el conflicto mundial,
para proseguir una guerra que él no considera terminada, y contribuir a la
derrota del Eje, única manera de acabar en España con el régimen franquista.
Esta postura no hallará el asentimiento general del exilio republicano español.
Al final de sus Memorias, El eco de los pasos, García Oliver afirma: "Ni
antes, ni durante mi gestión de ministro, ni durante el tiempo que vegeté en
Barcelona, me arrepentí de lo que hice siendo ministro, ni de haber propuesto ir
a por el todo. Jamás dejé de esperar la oportunidad de poder hacerlo."
Publicado en Nueva
Historia, nº 24, enero 1979