23-F
1981
Este mes
de febrero se cumplen 27 años del golpe de Estado del 23-F. Este
acontecimiento sacaba a la luz todas las contradicciones acumuladas en la
sociedad española durante los años anteriores. El golpe de Estado estuvo
precedido por la Operación Galaxia (noviembre de 1978 y en la que también
estuvo implicado Tejero) y toda una serie de declaraciones reaccionarias
procedentes de distintos altos mandos del ejército que dejaban ver un
ambiente palpable de reacción dentro de los cuarteles.
Además, aparecieron artículos
en la prensa fascista de la época, como El Alcázar, con declaraciones
tremendistas y apelando al ejército para la “salvación de la patria”.Los
pronunciamientos e intentos de golpe de Estado tienen una larga historia en
el Estado español. Durante los últimos doscientos años se han producido 25,
esto demuestra la inestabilidad política crónica que no es otra cosa que un
reflejo de la crisis orgánica y la debilidad del capitalismo español.
Tras la muerte de Franco la
burguesía era consciente de su debilidad; la oleada de huelgas y luchas
obreras y estudiantiles que precedió a la “transición” amenazaba su poder y
muchos de los antiguos franquistas no dudaron en vestirse con la nueva
camisa de la “democracia” para salvar su situación y privilegios. Se
deshicieron del gobierno de Arias Navarro y recurrieron a Adolfo Suárez,
otro antiguo dirigente del Movimiento, para intentar salvar el sistema.
A través de Suárez la
burguesía restablecía el “orden”; se trataba de mantener los aspectos
fundamentales del viejo régimen con una fachada “democrática”. El gobierno
Suárez, durante los cinco años que estuvo en el poder, no solucionó ni uno
solo de los problemas más urgentes de la sociedad española. En el último
período esto era más patente. El éxito electoral del “centro” y Suárez no
fueron una consecuencia de la fuerza de la burguesía sino de la debilidad y
las vacilaciones de los dirigentes del PSOE y PCE, con Felipe González y
Santiago Carrillo a la cabeza, que en lugar de llevar adelante las
aspiraciones de las masas de transformar la sociedad se dedicaron a una
política clara de colaboración de clase.
La burguesía se apoyó en
Suárez y éste a su vez lo hacía en los dirigentes obreros que consiguieron
desmovilizar a la clase obrera con su política de “pactos” y “consenso”, el
ejemplo más evidente fueron los Pactos de la Moncloa. La política conocida
como “consenso” no era otra cosa que el intento de equilibrarse entre las
clases, apoyándose en las organizaciones obreras, otorgando concesiones
democráticas formales para no perderlo todo, pero manteniendo intacto todo
el viejo aparato del Estado, incluida la monarquía. La Constitución contiene
toda una serie de elementos del pasado franquista, como el destacado papel
del ejército (el famoso artículo además del papel de árbitro que otorga a la
monarquía.
Los
elementos fascistas seguían en el ejército
El 23-F también dejó en
evidencia uno de los grandes errores cometidos por los dirigentes del PSOE y
el PCE durante el período de la transición y, posteriormente, con los
gobiernos del PSOE. El error fue no depurar las fuerzas policiales y
el ejército de todos los elementos fascistas relacionados de una u otra
forma con la dictadura franquista.
Los mismos torturadores, los mismos represores, permanecieron en sus cargos
o simplemente cambiaron de destino. Y los viejos cuerpos represivos tampoco
fueron eliminados, la Guardia Civil, el famoso Tribunal de Orden Público
convertido hoy en Audiencia Nacional, etc.
El periódico británico
Financial Times publicaba un artículo donde explicaba claramente la
situación: “Hasta ahora parece que los políticos han actuado con un miedo
exagerado a los militares, sobre todo el PCE y el PSOE, en la oposición.
Esto, a su vez, quizá ha otorgado a los militares más poderes de los que
realmente poseen”. (25/2/1981). De hecho, los dirigentes del PSOE y el PCE
no dijeron nada cuando la casta militar bloqueó la amnistía a los oficiales
de la Unión de Militares Democráticos (UMD), ni cuando se sancionó a los
miembros del Sindicato Unificado de Policía (SUP).
El papel
del rey:
Veintisiete años después todavía quedan muchos interrogantes
relacionados con el 23-F. Las declaraciones en el juicio de los principales
acusados (Tejero, Milans del Bosch, Armada) estuvieron llenas de
contradicciones, aunque sí hay un hilo común, la existencia de una autoridad
superior que se pondría al frente de la nación. En general todos
coincidían (excepto Armada) en que el rey conocía la
situación. Además tanto Milans del Bosch como, sobre todo, Armada eran
conocidos por ser dos militares monárquicos.
En aquella época la mayoría de los comentaristas
políticos coincidían en una cosa, los golpistas nunca lo hubiesen intentado
sin el respaldo del rey.
Financial Times informaba que el mismo día del golpe, a las 4 de la tarde,
hubo una entrevista entre Juan Carlos y Armada en la que éste último le
explicó todos los detalles. El mismo periódico dice que si el rey se opuso
en ese momento no lo haría de una manera muy enérgica puesto que Armada, un
monárquico de toda la vida y prefecto del rey desde 1955, siguió adelante
con todos los planes.
El coronel Martínez Inglés
hace unos años escribió un libro titulado 23-F, el golpe que nunca existió.
En el libro se incluye la única entrevista concedida por Milans del Bosch,
con la condición de que no se publicase hasta después de su muerte. En ella
dice lo siguiente sobre el papel del rey:
“El
rey quiso dar un golpe de timón institucional, enderezar el proceso que se
le escapaba de las manos y, en esta ocasión, con el peligro que se cernía
sobre la corona y con el temor de que todo saltara por los aires, me
autorizó a actuar de acuerdo con las instrucciones que recibiera de Armada…
No acusó [Armada] a su señor, se calló y estuvo sólo cinco años en la
cárcel, después le indultaron. Sin embargo, el general Milans del Bosch, un
hombre completamente distinto a Armada, no es un hombre de palacio, sino un
militar más puro, fue engañado y abandonado, siguió en la cárcel durante
otros nueve años”.
Lo que
nadie puede negar es que el mayor beneficiado del intento de golpe de Estado
fue el rey. Antes del 23-F era conocido como Juan Carlos el breve, porque se
preveía que su reinado sería corto, y después del 23-F se convirtió en el
“salvador de la democracia”, todo con la ayuda de los dirigentes del PSOE y
el PCE que rápidamente le dieron las credenciales “democráticas”. Además del
velo de silencio que desde entonces han mantenido los medios de comunicación
burgueses con todo lo relacionado a la Casa Real.
¿Por qué
no triunfó el golpe?
¿Por qué la clase dominante se opuso al golpe de
Estado? Evidentemente no por sus convicciones democráticas, sino porque en
esos momentos tenían pocas posibilidades de éxito. La sociedad española en
1981 no era la misma que en 1936. Durante los años sesenta y setenta se
habían producido un enorme proceso de industrialización que había creado una
clase obrera fuerte y poderosa que durante los últimos años del franquismo
había demostrado su poder.
La burguesía española era
consciente de que si la intentona de golpe de Estado triunfaba se
encontraría con una dura oposición por parte de la clase obrera. “Una
dictadura militar será combatida por todas las fuerzas de la izquierda y el
movimiento sindical”. Esto es lo que profetizaba el Financial Times al día
siguiente del intento de golpe de Estado, y no estaba equivocado. En ese
momento, la correlación de fuerzas de clase era infinitamente más favorable
a la clase obrera, por eso los rápidos llamamientos a la “calma”.
Si los dirigentes obreros
en lugar de apelar al “orden” y la “tranquilidad, o incluso a un gobierno de
coalición con la burguesía como defendió al día siguiente Felipe González,
hubieran hecho un llamamiento a la movilización de la clase obrera la
situación habría sido distinta. Los dirigentes obreros con su política
“tranquila” sólo consiguieron crear confusión.
Pero esa noche, mientras
algunos buscaban rápidamente su pasaporte y otros tenían que ser rescatados
en alta mar cuando viajaban en barca hacia Francia, los sectores más
conscientes de la clase obrera, los activistas sindicales y de izquierdas, a
pesar de toda la campaña de “desinformación” y los llamamientos a la
“calma”, empezaron a organizarse, a tomar por sí mismos la iniciativa.
El periódico El País, durante
los días siguientes al 23-F, publicó algunas informaciones muy interesantes.
En su edición del 1 de marzo describía como en
muchos pueblos andaluces se realizaron asambleas vecinales para tomar
medidas, entre ellas partidas de vigilancia de los principales accesos a los
pueblos y la distribución de escopetas y armas. También en las cuencas
mineras asturianas se realizaron asambleas de mineros donde se repartió
dinamita, de hecho, mucha de la dinamita que esa noche desapareció de los
pozos nunca más volvió a aparecer. En Hunosa hubo una huelga general de 24
horas. Hubo paros en las principales industrias del país, en Santander
18.000 trabajadores se declararon en huelga. Estos son sólo unos ejemplos
que demuestran que la clase obrera había comprendido mucho mejor que sus
dirigentes la gravedad de la situación. Los dirigentes sindicales se
limitaron a convocar paros parciales de dos horas.
Esta
política de los dirigentes obreros es lo que permitió que la iniciativa
pasara a los dirigentes de la “burguesía democrática” y que se desperdiciara
otra nueva oportunidad para la transformación de la sociedad.
Después saldría elegido presidente del gobierno Calvo
Sotelo, uno de los representantes clásicos de la burguesía española y un año
después, en mayo de 1982, se produciría un triunfo histórico del PSOE en las
elecciones generales.
El caso Mena o las cartas de
los militares enviadas a los periódicos vuelven a demostrar que el ejército
y las “fuerzas del orden” están llenos aún de elementos fascistas, su
depuración sigue siendo una tarea pendiente que el gobierno del PSOE debería
de haber realizado inmediatamente. Ha demostrado una vez más el verdadero
carácter de la “democracia” y que los golpes de Estado no son cosa del
pasado.
Este
escrito fue realizado por María Castro el 21 de febrero del 2006