Homenaje a Federica Montseny (CNT-Zamora)
Discurso pronunciado en el homenaje a Federica Montseny,
organizado por la CNT de Zamora el 7 de julio en dicha localidad.
Estos actos recordatorios se arriesgan a realizar en unos tiempos en que no
interesa lo más mínimo recordar el pasado. La historia ha sido, y seguirá
siendo tergiversada y manipulada a antojo de la historiografía oficial,
excesivamente dependiente del poder político; a mi parecer es una valentía
que asociaciones como la CNT, se atrevan a rememorar, que palabras como
Revolución, Acción Directa, Anarquía o Sociedad Ideal fueron léxico
frecuente en boca de muchos trabajadores, pese al afán de olvido
gubernamental.
Quizás ya a nadie interesen estas ideas, la sociedad del derroche, de la
competitividad y la basura televisiva han asesinado al pensamiento libre; el
honesto sindicalismo definitivamente ha muerto en su mayoría, en detrimento
de los comités ejecutivos, los llamados representantes de los trabajadores,
que en muchos casos llevan mucho tiempo sin ir a trabajar por su parte, las
subvenciones del Estado o de las empresas, y los intereses personales. Aún,
la incorruptible CNT resiste a esta pérdida de valores e idealismo: tal como
hicieron sus antecesores, los anarcosindicalistas no se venden ni al dinero,
ni a la foto en el periódico.
La
escritora Irene Lozano, a modo de descripción sobre los hombres y mujeres
anarquistas, dice: -“Los libertarios critican la sociedad actual, pero no
son unos inadaptados, raramente caen en el cinismo o la desilusión; sonríen
cuando oyen hablar de la ecología o la liberación sexual como si se acabaran
de inventar, y no reivindican bramando su autoría sobre conceptos como la
defensa de la naturaleza, el amor libre o el pacifismo. Les parece lógico
que el mundo actual haya adoptado esos valores, que ellos empezaron a
defender hace más de un siglo, pero aunque estén rozando los noventa años,
dicen con toda naturalidad: “Nosotros a lo que aspiramos es a cambiar la
sociedad”. El ser humano está en el centro de su utopía.” Federica Montseny
fue una de ellos, solo un adjetivo añadido a su nombre puede describirla a
modo de calificativo: anarquista.
Nació, este año hace justo un siglo; hija de unos destacados anarquistas
catalanes: Soledad Gustavo y Federico Urales; pasó su niñez de viaje en
viaje, y de lugar en lugar; los hombres y mujeres ácratas, nunca se han
caracterizado por una vida lujosa, y buscarse el difícil sustento es su
necesidad diaria, que unida al anhelo por la Revolución Social, se
convierten en las premisas fundamentales para existir. Federica nunca
asistió a la escuela, su madre prefirió que verdaderamente aprendiera a ser
libre, lejos de toda enseñanza reglada por ministros o sacerdotes; y al
igual que un pedagogo llamado Francisco Ferrer, creyó que la educación
oficial equivalía a domar, adiestrar y domesticar; en su lugar innovó, pensó
y le fabricó a su hija las alas con las que más tarde volaría.
El
otro, Ferrer, voló tan alto que ideó un sistema nuevo de enseñaza, el de la
Escuela Moderna; y su genialidad fue recompensada por el legítimo gobierno
español, obsequiándole con poder gritar ¡Viva la Escuela Moderna!, frente al
pelotón de fusilamiento que acribillaría al libertario en los fosos del
castillo de Montjuich.
Federica creció entre libros, periódicos y revistas; páginas que hablaban
de la libertad y de un mundo solidario sin ricos ni pobres, ni gobernantes
ni gobernados, sin mal. Revista Blanca era el título de una de ellas, con la
cual sus padres, redactándola se ganaban la vida; en esta, también la
adolescente Federica comenzó a escribir como se podía, a su parecer, mejorar
el mundo. Y fue distribuyendo la publicación, cuando conoció a un joven
militante de la CNT, que todos llamaban Germinal, como el minero de la
novela de Emilio Zola; se amaron y ya no se volvieron a separar, más no se
unieron en matrimonio, los anarquistas no necesitan de un cura o de un
alcalde que certifique su amor.
Pasaron los años 20, en los cuales los libertarios, expectantes observaron
como gobernantes y patronos se habían alianzado contra ellos, había que
defenderse; la sangre obrera corrió por los campos y calles de España, como
el río despacio baja lamiendo la tierra hacia al mar; pero las ideas, la
lucha y el mutualismo permanecieron y a la vera del dolor nacía el milagro
de la FAI. Luego, aquel 14 de abril de 1931, los espartacos anarquistas
sabían que del nuevo poder nada cabía esperar, sino cárcel, golpes y
opresión. No había pasado un año, para que se cumpliera el primer
aniversario de la llegada de la República; cuando el sueño anarquista mutó a
realidad, en Figols, un pueblecito minero barcelonés, los obreros
proclamaron el Comunismo Libertario, y el mundo contempló, por primera vez,
como la utopía anarquista era llevada a la práctica; la consolidación del
paraíso fue defendida por los mineros hasta la muerte, y el gobierno premio
a los soñadores, desterrándolos a un maldito barco de carga que los llevó
hasta Guinea, la tierra del paludismo.
El
poder nunca ha entendido de humanidad; pero la mecha de libertad proletaria,
encendida corrió de villa en villa, de fábrica en fábrica y de ciudad en
ciudad. Más tarde en Casas Viejas, otra paupérrima aldea andaluza, los
obreros decidieron que preferían matar a la República por terminada la
presentación. Que continuar muriéndose ellos de hambre, la represión
policíaca fue atroz. El proletariado internacional, tenía a su vez un nuevo
enemigo en auge, el fascismo; unirse contra él era prioritario. Asturias fue
el símbolo de la convergencia.
Por su parte, Federica conocía en París a un viejo anarquista ucraniano,
llamado Néstor Makno, que le narró como los bolcheviques habían exterminado
la revolución en su patria. Otros dos compañeros, le convencieron que para
terminar con el capitalismo, primero había que aprender a defenderse del
mismo, eran Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso. Los años republicanos
fueron realmente la edad de oro del anarquismo español: los sindicatos
crecían en número y esplendor, multitud de ateneos y escuelas racionalistas
inundaron barrios y pueblos obreros, en las huelgas la CNT triunfaba, y los
trabajadores españoles conversaban, debatían y creían que por fin, ellos
podía hacer la revolución.
El
18 de julio de 1936 el fascismo salió a conquistar España, y gran parte
quedó doblegada, torturada y amputada de su libertad; en Barcelona,
Federica, ilusionada contempló como el pueblo era capaz de vencer a la
sublevación y a su vez de construir un orden nuevo. Derrotado el fascismo,
sobraban los policías, los gobernantes y los patronos; habían ganado los
desheredados, los oprimidos de siempre, su libertad la defenderían empuñando
las armas. Las cárceles fueron demolidas, los prostíbulos cerrados, las
iglesias convertidas en bibliotecas, las fábricas colectivizadas por quienes
las trabajaban, el dinero arrojado al fuego y el Estado político
desapareció; nadie ordenaba a nadie; todo se trataba por libre acuerdo, en
las asambleas del sindicato o de la barriada, en los tajos, la anarquía
había llegado a una gran ciudad, ¿hasta cuando continuaría el sueño?
Aquella tarde Federica Montseny había recibido el acuerdo de la
Confederación que le indicaba aceptar una cartera ministerial, su corazón
sintió como si un puñal lo atravesara, la máxima libertaria de que todo el
poder corrompe a quien lo sustenta, retumbaba en su pensamiento; pero a su
vez sabía del ascenso de los comunistas en el poder, y el afán de estos por
destruir una revolución que no podían controlar, pues el proletariado la
había organizado a su manera, lejos de partidos o comités; no aceptar la
cartera supondría desencadenar otra Guerra Civil dentro de la zona no
fascista, y entrar en el ministerio acabaría con el romanticismo apolítico
anarquista, ¿Qué hacer? Federica y sus compañeros tardaron menos de un año
en sentenciar que mediante el poder no se podría hacer revolución verdadera
alguna; ella pasaría a la historia como la primera mujer en España que había
ostentado el cargo de ministra; pero en su conciencia, quedaría el haber
intentado abolir la prostitución, legalizar el aborto y prestar una
asistencia sanitaria más amplia aun en tiempos de guerra, la burocracia le
negó aquellos anhelos; entonces se reafirmó, en que los trabajadores debían
prescindir de gobiernos y superiores para consolidar el deseado cambio
social, hacer la revolución y a su vez luchar por ganar la guerra quedaban
definitivamente ligadas. Los anarquistas partieron aquel invierno de 1939,
vencidos al exilio, atrás dejaban su amada revolución: les esperaba el
destierro y el rechazo; los fríos montes franceses o el abrasador desierto
argelino; los campos de concentración; la resistencia maqui; la muerte y la
nostalgia.
Pero su idea sobrevivió a la hecatombe, y la CNT floreció de nuevo: sus
periódicos por doquier volvieron a leerse, y las clandestinas convocatorias
de huelga resurgieron secundadas en España, el hombre puede caer el
idealismo nunca.
Quizás cuando Federica y los suyos escucharon aquel gélido día de noviembre
que el dictador había muerto, por automatismo aceptaron que ahora tenían de
nuevo en España, junto a los que se habían resistido a marcharse, la
obligación de continuar su labor, la revolución social.
La
reciente democracia no convenció en absoluto al Movimiento Libertario,
estupefactos sufrieron como el Estado iniciaba frecuentes montajes para
destruir sus organizaciones; y como desatendía las peticiones, del derecho a
recuperar su inmenso patrimonio sindical, económico y documental, expoliado
mediante las armas por el franquismo, en la actualidad aún lo están
reclamando.
Los libertarios fueron claros y contundentes con el nuevo sistema político:
no a presentarnos a las elecciones sindicales, no a secundar la farsa de
consenso social de los Pactos de la Moncloa; no a tener liberados o recibir
subvenciones de ningún organismo; rechazo a esas frecuentes pérdidas de
derechos de los trabajadores, llamadas reformas laborales; y negación a
integrarse, como otros, en el capitalismo. La anarcosindical y su inmaculada
idea de justicia, optó por no entregarse, hoy continúan dicha senda.
Federica entonces comprendió, que a pesar de sufrir la más dura represión
que un movimiento político haya sufrido nunca, aunque hubieran padecido dos
fatídicas guerras y un exilio de 40 años, pese a sus discusiones internas, y
tras el triunfo de la sociedad del consumo, verdaderamente la CNT era
inmortal.
Federica Montseny fallecía en Toulouse el 14 de enero de 1994, rodeada de
sus compañeros y compañeras de ideas; murió tranquila, sabiendo que tuvo el
privilegio de vivir lo suficiente, como para rehusar a todo aquel que
intento hacer de ella un mito, y es que en el anarquismo, como tantas veces
repitió a lo largo de su existencia, no hay líderes, ni dirigentes, ni
vanguardias; sólo hombres y mujeres que anhelan cambiar la sociedad. Ellos y
ellas, llevan un mundo nuevo en sus corazones.
Y
sin más, tras decapitar a las prefijadas élites que todos tenemos asumidas
en cualquier campo de la vida, demos por terminada la presentación.