Homenaje a Federica Montseny (CNT-Zamora)

13 de mayo de 2008

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Homenaje a Federica Montseny (CNT-Zamora)
Juan  Peiro
Entrevista a Abel Paz

 

     

                       

Homenaje a Federica Montseny (CNT-Zamora)

 

Discurso pronunciado en el homenaje a Federica Montseny, organizado por la CNT de Zamora el 7 de julio en dicha localidad.

Estos actos recordatorios se arriesgan a realizar en unos tiempos en que no interesa lo más mínimo recordar el pasado. La historia ha sido, y seguirá siendo tergiversada y manipulada a antojo de la historiografía oficial, excesivamente dependiente del poder político; a mi parecer es una valentía que asociaciones como la CNT, se atrevan a rememorar, que palabras como Revolución, Acción Directa, Anarquía o Sociedad Ideal fueron léxico frecuente en boca de muchos trabajadores, pese al afán de olvido gubernamental.

Quizás ya a nadie interesen estas ideas, la sociedad del derroche, de la competitividad y la basura televisiva han asesinado al pensamiento libre; el honesto sindicalismo definitivamente ha muerto en su mayoría, en detrimento de los comités ejecutivos, los llamados representantes de los trabajadores, que en muchos casos llevan mucho tiempo sin ir a trabajar por su parte, las subvenciones del Estado o de las empresas, y los intereses personales. Aún, la incorruptible CNT resiste a esta pérdida de valores e idealismo: tal como hicieron sus antecesores, los anarcosindicalistas no se venden ni al dinero, ni a la foto en el periódico. 

La escritora Irene Lozano, a modo de descripción sobre los hombres y mujeres anarquistas, dice: -“Los libertarios critican la sociedad actual, pero no son unos inadaptados, raramente caen en el cinismo o la desilusión; sonríen cuando oyen hablar de la ecología o la liberación sexual como si se acabaran de inventar, y no reivindican bramando su autoría sobre conceptos como la defensa de la naturaleza, el amor libre o el pacifismo. Les parece lógico que el mundo actual haya adoptado esos valores, que ellos empezaron a defender hace más de un siglo, pero aunque estén rozando los noventa años, dicen con toda naturalidad: “Nosotros a lo que aspiramos es a cambiar la sociedad”. El ser humano está en el centro de su utopía.” Federica Montseny fue una de ellos, solo un adjetivo añadido a su nombre puede describirla a modo de calificativo: anarquista. 

Nació, este año hace justo un siglo; hija de unos destacados anarquistas catalanes: Soledad Gustavo y Federico Urales; pasó su niñez de viaje en viaje, y de lugar en lugar; los hombres y mujeres ácratas, nunca se han caracterizado por una vida lujosa, y buscarse el difícil sustento es su necesidad diaria, que unida al anhelo por la Revolución Social, se convierten en las premisas fundamentales para existir. Federica nunca asistió a la escuela, su madre prefirió que verdaderamente aprendiera a ser libre, lejos de toda enseñanza reglada por ministros o sacerdotes; y al igual que un pedagogo llamado Francisco Ferrer, creyó que la educación oficial equivalía a domar, adiestrar y domesticar; en su lugar innovó, pensó y le fabricó a su hija las alas con las que más tarde volaría. 

El otro, Ferrer, voló tan alto que ideó un sistema nuevo de enseñaza, el de la Escuela Moderna; y su genialidad fue recompensada por el legítimo gobierno español, obsequiándole con poder gritar ¡Viva la Escuela Moderna!, frente al pelotón de fusilamiento que acribillaría al libertario en los fosos del castillo de Montjuich. 

 Federica creció entre libros, periódicos y revistas; páginas que hablaban de la libertad y de un mundo solidario sin ricos ni pobres, ni gobernantes ni gobernados, sin mal. Revista Blanca era el título de una de ellas, con la cual sus padres, redactándola se ganaban la vida; en esta, también la adolescente Federica comenzó a escribir como se podía, a su parecer, mejorar el mundo.  Y fue distribuyendo la publicación, cuando conoció a un joven militante de la CNT, que todos llamaban Germinal, como el minero de la novela de Emilio Zola; se amaron y ya no se volvieron a separar, más no se unieron en matrimonio, los anarquistas no necesitan de un cura o de un alcalde que certifique su amor. 

Pasaron los años 20, en los cuales los libertarios, expectantes observaron como gobernantes y patronos se habían alianzado contra ellos, había que defenderse; la sangre obrera corrió por los campos y calles de España, como el río despacio baja lamiendo la tierra hacia al mar; pero las ideas, la lucha y el mutualismo permanecieron y a la vera del dolor nacía el milagro de la FAI. Luego, aquel 14 de abril de 1931, los espartacos anarquistas sabían que del nuevo poder nada cabía esperar, sino cárcel, golpes y opresión. No había pasado un año, para que se cumpliera el primer aniversario de la llegada de la República; cuando el sueño anarquista mutó a realidad, en Figols, un pueblecito minero barcelonés, los obreros proclamaron el Comunismo Libertario, y el mundo contempló, por primera vez, como la utopía anarquista era llevada a la práctica; la consolidación del paraíso fue defendida por los mineros hasta la muerte, y el gobierno premio a los soñadores, desterrándolos a un maldito barco de carga que los llevó hasta Guinea, la tierra del paludismo. 

El poder nunca ha entendido de humanidad; pero la mecha de libertad proletaria, encendida corrió de villa en villa, de fábrica en fábrica y de ciudad en ciudad.  Más tarde en Casas Viejas, otra paupérrima aldea andaluza, los obreros decidieron que preferían matar a la República por terminada la presentación.  Que continuar muriéndose ellos de hambre, la represión policíaca fue atroz.  El proletariado internacional, tenía a su vez un nuevo enemigo en auge, el fascismo; unirse contra él era prioritario. Asturias fue el símbolo de la convergencia. 

Por su parte, Federica conocía en París a un viejo anarquista ucraniano, llamado Néstor Makno, que le narró como los bolcheviques habían exterminado la revolución en su patria. Otros dos compañeros, le convencieron que para terminar con el capitalismo, primero había que aprender a defenderse del mismo, eran Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso.  Los años republicanos fueron realmente la edad de oro del anarquismo español: los sindicatos crecían en número y esplendor, multitud de ateneos y escuelas racionalistas inundaron barrios y pueblos obreros, en las huelgas la CNT triunfaba, y los trabajadores españoles conversaban, debatían y creían que por fin, ellos podía hacer la revolución. 

El 18 de julio de 1936 el fascismo salió a conquistar España, y gran parte quedó doblegada, torturada y amputada de su libertad; en Barcelona, Federica, ilusionada contempló como el pueblo era capaz de vencer a la sublevación y a su vez de construir un orden nuevo. Derrotado el fascismo, sobraban los policías, los gobernantes y los patronos; habían ganado los desheredados, los oprimidos de siempre, su libertad la defenderían empuñando las armas. Las cárceles fueron demolidas, los prostíbulos cerrados, las iglesias convertidas en bibliotecas, las fábricas colectivizadas por quienes las trabajaban, el dinero arrojado al fuego y el Estado político desapareció; nadie ordenaba a nadie; todo se trataba por libre acuerdo, en las asambleas del sindicato o de la barriada, en los tajos, la anarquía había llegado a una gran ciudad, ¿hasta cuando continuaría el sueño? 

Aquella tarde Federica Montseny había recibido el acuerdo de la Confederación que le indicaba aceptar una cartera ministerial, su corazón sintió como si un puñal lo atravesara, la máxima libertaria de que todo el poder corrompe a quien lo sustenta, retumbaba en su pensamiento; pero a su vez sabía del ascenso de los comunistas en el poder, y el afán de estos por destruir una revolución que no podían controlar, pues el proletariado la había organizado a su manera, lejos de partidos o comités; no aceptar la cartera supondría desencadenar otra Guerra Civil dentro de la zona no fascista, y entrar en el ministerio acabaría con el romanticismo apolítico anarquista, ¿Qué hacer?  Federica y sus compañeros tardaron menos de un año en sentenciar que mediante el poder no se podría hacer revolución verdadera alguna; ella pasaría a la historia como la primera mujer en España que había ostentado el cargo de ministra; pero en su conciencia, quedaría el haber intentado abolir la prostitución, legalizar el aborto y prestar una asistencia sanitaria más amplia aun en tiempos de guerra, la burocracia le negó aquellos anhelos; entonces se reafirmó, en que los trabajadores debían prescindir de gobiernos y superiores para consolidar el deseado cambio social, hacer la revolución y a su vez luchar por ganar la guerra quedaban definitivamente ligadas. Los anarquistas partieron aquel invierno de 1939, vencidos al exilio, atrás dejaban su amada revolución: les esperaba el destierro y el rechazo; los fríos montes franceses o el abrasador desierto argelino; los campos de concentración; la resistencia maqui; la muerte y la nostalgia. 

Pero su idea sobrevivió a la hecatombe, y la CNT floreció de nuevo: sus periódicos por doquier volvieron a leerse, y las clandestinas convocatorias de huelga resurgieron secundadas en España, el hombre puede caer el idealismo nunca.

Quizás cuando Federica y los suyos escucharon aquel gélido día de noviembre que el dictador había muerto, por automatismo aceptaron que ahora tenían de nuevo en España, junto a los que se habían resistido a marcharse, la obligación de continuar su labor, la revolución social.

La reciente democracia no convenció en absoluto al Movimiento Libertario, estupefactos sufrieron como el Estado iniciaba frecuentes montajes para destruir sus organizaciones; y como desatendía las peticiones, del derecho a recuperar su inmenso patrimonio sindical, económico y documental, expoliado mediante las armas por el franquismo, en la actualidad aún lo están reclamando.

Los libertarios fueron claros y contundentes con el nuevo sistema político: no a presentarnos a las elecciones sindicales, no a secundar la farsa de consenso social de los Pactos de la Moncloa; no a tener liberados o recibir subvenciones de ningún organismo; rechazo a esas frecuentes pérdidas de derechos de los trabajadores, llamadas reformas laborales; y negación a integrarse, como otros, en el capitalismo. La anarcosindical y su inmaculada idea de justicia, optó por no entregarse, hoy continúan dicha senda. Federica entonces comprendió, que a pesar de sufrir la más dura represión que un movimiento político haya sufrido nunca, aunque hubieran padecido dos fatídicas guerras y un exilio de 40 años, pese a sus discusiones internas, y tras el triunfo de la sociedad del consumo, verdaderamente la CNT era inmortal.

Federica Montseny fallecía en Toulouse el 14 de enero de 1994, rodeada de sus compañeros y compañeras de ideas; murió tranquila, sabiendo que tuvo el privilegio de vivir lo suficiente, como para rehusar a todo aquel que intento hacer de ella un mito, y es que en el anarquismo, como tantas veces repitió a lo largo de su existencia, no hay líderes, ni dirigentes, ni vanguardias; sólo hombres y mujeres que anhelan cambiar la sociedad. Ellos y ellas, llevan un mundo nuevo en sus corazones. 

Y sin más, tras decapitar a las prefijadas élites que todos tenemos asumidas en cualquier campo de la vida, demos por terminada la presentación. 

 

 

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La última actualización de este sitio fue el: 20 de febrero de 2008