ASESINATO DE CUATRO HOMBRES LIBRES
NACIMIENTO DEL 1º DE MAYO
EE.UU. CHICAGO 1886
En 1885,
una circular recorrió de mano en mano las filas del proletariado en Estados
Unidos. Con las siguientes palabras, hizo un llamamiento a realizar acciones
de toda la clase el 1° de mayo de 1886:
"Un
día de rebelión, ¡no de descanso! Un día no ordenado por los voceros
jactanciosos de las instituciones que tienen encadenado al mundo del
trabajador. Un día en que el trabajador hace sus propias leyes y tiene el
poder de ejecutarlas! Todo sin el consentimiento ni aprobación de los que
oprimen y gobiernan. Un día en que con tremenda fuerza la unidad del
ejército de los trabajadores se moviliza contra los que hoy dominan el
destino de los pueblos de toda nación. Un día de protesta contra la opresión
y la tiranía, contra la ignorancia y la guerra de todo tipo. Un día en que
comenzar a disfrutar `ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho
horas para lo que nos dé la gana'".
Hace
ciento veintidós (122) años, el l° de mayo de 1886, una huelga
general estalló por todo Estados Unidos. En pocos días culminó en los
sucesos por siempre asociados con el nombre Haymarket. En 1889, el
congreso fundador de la nueva, Segunda Internacional marxista declaró el
Primero de Mayo un día para acciones mundiales del proletariado.
En las
luchas y explosiones de los últimos cien años, la tradición del Primero de
Mayo se ha desarrollado y ampliado: como un día en que los proletarios
conscientes de clase de todos los países evalúan su situación, hacen planes
para el año siguiente, celebran el internacionalismo proletario y declaran
su determinación de llevar su lucha a la meta final del comunismo por todo
el mundo.
En muchos
países, hierven batallas por recobrar la tradición de lucha revolucionaria
del Primero de Mayo, después de años en que los revisionistas lo han
suprimido o le han arrancado su carácter fundamental.
En 1984,
el recién formado Movimiento Revolucionario Internacionalista divulgó su
Declaración el Primero de Mayo, y desde entonces ha llamado a celebrar y
luchar ese día en países por todo el planeta bajo consignas
revolucionarias unificadas. Hoy, como a lo largo del siglo transcurrido,
el Primero de Mayo concentra en forma embrionaria las perspectivas de la
revolución mundial.
A la luz
de esta tradición del Primero de Mayo, damos un vistazo a los sucesos
de Haymarket el día de su centenario.
Chispas
iniciales de una época revolucionaria
Consideremos al mundo de hace ciento veintidós (122) años:
El
movimiento obrero ya no era meramente un "fantasma" en 1848; había surgido
en carne y hueso, y estremecía las coronas de Europa.
1871: La
Comuna de París. Con los ejércitos burgueses en guerra en los límites de la
ciudad, ¡los proletarios de París asaltaron el cielo! Tomaron el Poder por
primera vez en nombre de los desposeídos y pusieron en marcha la
transformación de toda la sociedad con una dirección radicalmente nueva:
hacia la abolición de todas las clases y toda opresión.
Pero el
brillante año de 1871 llegó y pasó. Las clases dominantes de Europa
reaccionaron brutal y tajantemente. En Francia, la Comuna murió ante
pelotones de ejecución. En Alemania, el Estado prusiano respondió con las
estrictísimas Leyes Antisocialistas de 1878, y el partido revolucionario
tuvo que entrar a la clandestinidad. En Inglaterra, dominó otra forma de
reacción: las riquezas de las nuevas colonias corrompieron tantas capas
enteras de trabajadores que el movimiento obrero se sumió en un estupor.
Por unos
pocos momentos oscuros, la llama que prendió en París parecía extinguida.
De
repente, ¡nuevos sonidos de guerra de clases desgarraron la tranquilidad...
en un lugar totalmente inesperado! Del borde de las llanuras
norteamericanas, Chicago, un tosco pueblo que apenas parecía parte del
"mundo civilizado". La revolución mundial había saltado a un continente
totalmente nuevo, y no por última vez. Este brote de vida proletaria ocurrió
el l° de mayo de 1886.
La
ciudad verdaderamente "moderna"
En 1886,
un escritor extranjero retrató a Chicago en una oración: "Un manto abrumador
de humo; calles llenas de gente ocupada, en rápido movimiento; un gran
agregado de vías ferroviarias, barcos y tráfico de todo tipo; una dedicación
primordial al Dólar Todopoderoso".
Hoy
algunos sostienen que, debido a los sucesos de Haymarket, el Primero de Mayo
se debe considerar una invención americana. Esto es risible por
muchas razones; una de ellas es el claro hecho de que si bien Chicago nació
en suelo norteamericano, era una ciudad de "extranjeros", arrastrados por el
funcionamiento del sistema mundial a la periferia de una ciudad industrial.
Engels
escribió, en ese entonces, sobre la posición "excepcional" y "aristocrática"
de los trabajadores nacidos en el país (blancos y anglos). Sin embargo,
la gran mayoría de los proletarios, especialmente en ciudades como Chicago,
eran de Alemania, Irlanda, Bohemia, Francia, Polonia, Rusia. Olas de
inmigrantes arrojadas la una contra la otra... comprimidas en tugurios,
azuzados en guerras étnicas, usadas las unas contra las otras.
Muchos
eran campesinos analfabetos, arrojados a una batalla ajena por sobrevivir.
Pero otros ya estaban templados por la guerra de clases. Los proletarios de
Alemania, en especial, tenían una conciencia contagiosa: aprendida, moldeada
por una experiencia compleja, profundamente hostil al orden mundial
dominante. Y, a su vez, estos radicales eran odiados, temidos y difamados.
Un
proletario se describió: "`Bárbaros, salvajes, anarquistas ignorantes
analfabetos de Europa Central, hombres que no pueden comprender el espíritu
de nuestras instituciones americanas libres de ellos soy uno".
Un año
después de la Comuna de París, invierno de 1872: En Chicago miles, sin hogar
y hambrientos a causa del Gran Incendio, hicieron manifestaciones pidiendo
ayuda. Muchos llevaban en pancartas inscritas las palabras "Pan o sangre".
Recibieron sangre. Corridos al túnel debajo del río Chicago, fueron
balaceados y golpeados.
1877: Una
gran ola de huelgas se extendió por las redes ferroviarias y prendió huelgas
generales en los centros ferroviarios, entre ellos Chicago. Nació un
liderato nuevo y radical, especialmente de inmigrantes alemanes, conectado
con la Primera Internacional de Marx y Engels. A su lado estaba el activista
oriundo de Estados Unidos Albert Parsons. Así se dio una concentración de
experiencia política de dos continentes, del tumulto de Europa y el
movimiento contra la esclavitud de Estados Unidos. Por ejemplo, en los años
tumultuosos de la emancipación de los esclavos, Parsons fue un republicano
radical y había desafiado la sociedad tejana respetable casándose con una
esclava mestiza liberta, Lucy Parsons, quien llegó a ser una figura política
inspiradora por su propia cuenta.
En
Chicago, las balas de la policía dispersaron las enormes reuniones de
huelguistas de 1877.
Bravo
polvorín en preparación
Antes, la
vida en Estados Unidos, incluso para los inmigrantes pobres, era mejor que
en los países que habían abandonado. Con el explosivo crecimiento industrial
y el robo sistemático del continente a los mexicanos y los pueblos
autóctonos, había escaseado la mano de obra; como resultado, el desempleo
era poco y los sueldos eran relativamente altos. Además, ese recurso
especial de Estados Unidos tierra gratis (es decir, robada) le dio a
sectores de la clase trabajadora por lo menos la esperanza de obtener
propiedad. La esperanza de encontrar una oportunidad e incluso una manía
especulativa alentaba a los trabajadores.
No
obstante, en la década de 1880 grandes cambios socavaron la base material de
tales "Sueños americanos".
La clase
capitalista había derrocado a los esclavistas del Sur unas décadas antes y
durante la década de 1870 reasimiló a los esclavistas en un orden más
moderno. Los esclavos recién liberados fueron desarmados, despojados de todo
derecho político y atado al sistema semifeudal de aparcería. Todo el país
sintió el viento político cambiar: de la reconstrucción radical a nuevos
soplos de reacción triunfal.
Al mismo
tiempo, más o menos, se concluyó la última de las "guerras Indígenas". El
año 1886 fue el año de la retirada final de Jerónimo. En un par de años,
agentes del gobierno asesinaron a Sitting Bull durante la rebelión del Baile
de los Fantasmas. Para muchos trabajadores, la conquista final de los
indígenas marcó el fin de los sueños de ir al "oeste". No había más "tierras
gratis" que robar, ni una "válvula de seguridad" para la reserva de mano de
obra. Junto con eso, en 1873 ocurrió una devastadora "Gran Depresión" que
duró dos décadas.
El número
de desempleados ascendió vertiginosamente. La automatización de labores
especializadas produjo cambios históricos en la estructura de la clase
obrera. La pobreza, con todas sus úlceras, se mostró como nunca.
Habiendo
aplastado a los indígenas, robado a México, derrotado a los esclavistas y
traicionado a los esclavos, el capital estadounidense recurrió a engordarse
con mano de obra importada en sus fábricas. Sin embargo, mientras la clase
dominante consolidaba su sistema de oropel, en medio de la escualidez,
hombres y mujeres comenzaban a tener nuevos sueños, sueños proletarios.
En una babel de idiomas, estos sueños se expresaron en la política.
La
tempestad se prepara
Después de
1877, las dos clases entendieron bien que pronto estallarían nuevos
conflictos. En el horizonte la burguesía veía una "Comuna americana" y
preparaba medidas sangrientas para reprimirla; en las ciudades principales
convirtió los arsenales en fortalezas; transformó la Guardia Nacional en un
ejército moderno con armas modernas; contrató grandes ejércitos privados de
informantes, matones y Pinkerton (guardias privados).
Los
trabajadores también se preparaban, política y militarmente. Formaron
sociedades secretas, tradeuniones y partidos de la clase obrera, y en su
seno se debatía cómo deberían responder los oprimidos al deterioro de su
situación. Hoy, cuando las palabras "movimiento laboral americano" evocan
instantáneamente imágenes de chovinismo y reacción, es difícil imaginarse la
luz radical que otrora emanaba de los sindicatos.
En ese
entonces los sindicatos eran redes semilegales (en la práctica,
completamente ilegales) en las fábricas. La policía rutinariamente
dispersaba las reuniones de los trabajadores, golpeando y encarcelando a los
organizadores. Federico Engels escribe: "Están en un proceso total,
constante de desarrollo y revolución; una masa en fermentación, en ascenso,
de material plástico que busca el molde y la forma apropiada a su naturaleza
inherente".
En ese
entonces hacer huelga quería decir hacer guerra con todos los poderes de la
sociedad. El reclutamiento de equipos de esquiroles en los hambrientos
tugurios era cosa de todos los días. Los paros, incluso los que se
concentraban en demandas claramente económicas, rápidamente revestían el
carácter de rebeliones radicales y se extendían como un contagio a la clase.
Chicago
dio a luz un mundo particularmente radical. El núcleo del Sindicato Central
de Trabajo (la mayor de las redes sindicales en competencia) lo constituían
revolucionarios. En este contexto, los revolucionarios circulaban una prensa
verdaderamente incendiaria: el periódico bisemanal en inglés de Albert
Parsons, el Alarm, tenía de dos a tres mil lectores. August Spies era
el director del diario en alemán Arbeiter Zeitung, con una
circulación de cinco mil ejemplares. Salían otros órganos revolucionarios, y
se realizaban estimulantes polémicas y propaganda en tres o cuatro idiomas.
En 1885 el
Sindicato Central de Trabajo de Chicago aprobó una resolución que concentra
el estado de ánimo de los obreros: "Llamamos urgentemente a la clase
asalariada a armarse para poder presentar a sus explotadores el único
argumento que puede ser efectivo: la violencia".
Tales
llamamientos no eran abstractos. En Chicago, un núcleo de trabajadores, en
su gran mayoría de Alemania, formaron milicias armadas llamadas Lehr und
Wehr Vereins (Asociaciones de Estudio y Resistencia) para responder del
mismo modo a la violencia de los ejércitos privados de los patronos. También
se formaron el Club Inglés (para los trabajadores angloparlantes), los
Francotiradores de Bohemia (para los checoeslovacos) y un grupo francés. Hay
crónicas de diez compañías, muchas dirigidas por veteranos de las guerras
europeas y estadounidenses. No es de extrañarse que la burguesía respondiera
en 1879 prohibiendo estas milicias obreras. A continuación se desenvolvió
una lección prolongada de la democracia estadounidense. Mientras los
ejércitos burgueses se fortalecían visiblemente a cada paso, los
trabajadores llevaron su pleito hasta la Suprema Corte, que rechazó
fríamente su "derecho constitucional de portar armas". En un país donde
seguían fuertes las tradiciones del viejo oeste, tal fallo fue un precedente
muy extraño. Algunos "clubes de armas" se disolvieron; otros entraron a la
clandestinidad.
Mientras
tanto, las fuerzas radicales de la clase obrera crecían paralelas al claro
fracaso de las actividades electorales. En las urnas se reprimieron las
aspiraciones de la clase obrera con los medios más crudos: votos
fraudulentos, sobornos y ataques policiales.
Como
resultado, en los choques brutales de 1877 y sus complejas secuelas, un
sector significativo del proletariado, concentrado especialmente en Chicago,
comenzó a tener una profunda desconfianza del sistema constitucional del
país como vehículo para la emancipación. Se les llamó "el elemento
problemático"; una fúrica historia burguesa dice que "consistían
principalmente de las clases más bajas e ignorantes de bávaros, bohemios,
húngaros, alemanes, austriacos y otros que celebraban reuniones secretas en
grupos organizados armados y equipados como los nihilistas de Rusia y los
comunistas de Francia. Se autodenominaban socialistas. Su emblema era
rojo".
Desafortunadamente, el principal partido socialista organizado de ese
entonces, el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), cayó bajo el
control de reformistas que adoraban la arena electoral y rechazaban la lucha
armada. Aunque esos revisionistas a veces se declaraban partidarios
de Carlos Marx, eran precisamente gente de la calaña de la que Marx
escribió: "Sembré dientes de dragón y coseché pulgas". El PST expulsó a las
fuerzas de Lehr und Wehr, diciendo que los trabajadores armados
manchaban la imagen de su partido.
La
ideología socialista que prevalecía en los sectores de trabajadores de
inclinaciones más revolucionarias era el anarquismo, en una forma
sindicalista particular llamada "La idea de Chicago".
El
aspecto revolucionario de la "idea de Chicago"
La "idea
de Chicago" se expresó en un manifiesto anarquista escrito en el Congreso de
la "Asociación Internacional del Pueblo Trabajador" (IWPA), en Pittsburgh,
en octubre de 1883; proclamó:
A Este
sistema es injusto, demente y asesino. Así que es necesario destruirlo
totalmente con todos los medios posibles y con la mayor energía de parte de
todos los que sufren bajo él y que no quieren ser responsables de que siga
existiendo debido a su inactividad.
Agitación
con fines de organización; organización con fines de rebelión. En estas
pocas palabras se trazan los caminos que los trabajadores deben seguir si
quieren deshacerse de sus cadenas...
"Si
pudiera haber dudas sobre este punto, hace mucho deben haberlas borrado las
brutalidades que el burgués de todo país en América así como en Europa
comete constantemente, cada vez que el proletariado en cualquier parte busca
enérgicamente mejorar su situación. Salta a la vista que la lucha del
proletariado con el burgués será de un carácter revolucionario, violento".
La "idea
de Chicago" combatió específicamente la noción de que el terror y asesinato
individual pueden destruir al opresor. Buscaba un movimiento de masas de la
clase obrera que no abandonara la lucha por migajas. Para los
revolucionarios y para la burguesía la Comuna de París era un modelo de lo
que podría surgir.
Para los
historiadores revisionistas y de otro tipo que escriben sobre el primer
Primero de Mayo, esta afinidad a la violencia revolucionaria es algo para
esconder o criticar. Sin embargo, ¿qué revolucionario auténtico hoy puede
encontrar aquí razón de crítica?
La
verdadera debilidad de la "idea de Chicago" y su movimiento radicaron en su
culto de la espontaneidad. Se creyó dogmáticamente que unas estructuras
sindicales amorfas solas serían vehículos suficientes para una victoria
revolucionaria. Esto provenía de los principios anarquistas de que solo es
necesario romper el casco de la vieja sociedad con una huelga general
resulta de los trabajadores y que un nuevo mundo surgirá automáticamente de
la autoorganización de los oprimidos. Un "orden natural" místico, no un
nuevo Estado revolucionario, era su meta. Planearon dispersar el poder
estatal, no ejercerlo.
La
movilización de fuerzas
Después de
que el proletariado se recuperó de los sucesos de 1877, el movimiento se
extendió como un incendio incontrolable, especialmente cuando se concentró
en la demanda de la jornada de ocho horas.
En 1884,
una de las redes sindicales nacionales, la Confederación de Gremios
Organizados y Tradeuniones, convocó a un día nacional de acción. El 1° de
mayo de 1886, propusieron, los trabajadores simplemente impondrían la
jornada de ocho horas y cerrarían las puertas de cualquier fábrica que no
accediera. La demanda de ocho horas se iba a transformar de una demanda
económica de los trabajadores contra sus patronos inmediatos a una demanda
política de una clase contra otra.
El plan
recibió una tremenda y entusiasta acogida. Un historiador escribe: "Fue poco
más que un gesto que, debido a las nuevas condiciones de 1886, se convirtió
en una amenaza revolucionaria". La efervescencia se extendió por todo el
país. Por ejemplo, el número de miembros de los Caballeros del Trabajo subió
de 100.000 en el verano de 1885 a 700.000 al año siguiente.
No es
necesario explicar por qué el "movimiento de ocho horas" recibió un apoyo
tan ferviente. El día de trabajo típico era de dieciocho horas. Los
trabajadores, literalmente, trabajaban hasta morirse;
su vida la conformaba el trabajo, un descansito y el hambre. Antes de que
los trabajadores como clase pudieran alzar la cabeza hacia lejanos
horizontes, anhelaban momentos libres para pensar y educarse.
En las
calles, trabajadores alzados cantaban:
"Nos
proponemos rehacer las cosas. Estamos hartos del trabajo por nada,
escasamente para vivir; jamás una hora para pensar".
El año
1886 fue un "año loco". Incluso antes de la primavera, comenzó una ola de
huelgas a nivel nacional. Dos meses antes del Primero de Mayo, escribe un
historiador, "ocurrieron repetidos disturbios (en Chicago) y se veían con
frecuencia vagones llenos de policías armados que corrían por la ciudad". El
director del Chicago Daily News escribió: "Se predecía una repetición
de los motines de la Comuna de París".
En las
filas de los trabajadores, la tempestad que se preparaba suscitó un debate
intenso. Varias tendencias políticas dudaban seriamente del movimiento...
por razones diametralmente opuestas. El liderato altamente conservador de
los Caballeros del Trabajo sacó una circular secreta con su posición. Este
credo de "trabajo educacional paciente y lento" es muy reconocible hoy:
"Ninguna
asamblea de los Caballeros del Trabajo debe hacer huelga por el sistema de
ocho horas el l° de mayo con la impresión de que están obedeciendo órdenes
del liderato, porque tal orden no se dio y no se dará. Ni el patrón ni el
empleado conocen las necesidades y las exigencias del plan de menos horas.
Si una rama de trabajo o una asamblea está en tal condición, recordemos que
hay muchos completamente ignorantes del movimiento. De los sesenta millones
habitantes de Estados Unidos y Canadá, nuestra orden posiblemente cuenta con
trescientos mil. ¿Podemos moldear el sentimiento de millones a favor del
plan de menos horas antes del l° de mayo? No tiene sentido pensarlo.
Aprendamos por qué nuestras horas de trabajo deben reducirse y luego
enseñémoslo a otros".
El hecho
de que el autor, Terrence Powderly, sentía un temor real de la conciencia
(no la ignorancia) de los trabajadores se comprueba en otra sección de
la circular que escribió:
"Los
hombres que tienen capital no son nuestros enemigos. Si esa teoría fuera
verdad, los trabajadores de hoy serían el enemigo de sus compañeros de
trabajo mañana porque, después de todo, lo que nos proponemos aprender es
cómo obtener capital y cómo usarlo".
En
contraste, los anarquistas criticaron el "plan de ocho horas" porque, como
demanda, pensaban que no atacaba directamente al sistema. Igual que Marx,
cuyas obras habían estudiado varios líderes, creían que "en vez del credo
conservador, `un sueldo justo de un día por el trabajo justo de un día!',
(la clase obrera) debe inscribir en su estandarte la consigna
revolucionaria: 'Abolición del sistema de salarios!'".
Sin
embargo, a diferencia de Marx, los anarquistas no captaron el papel que un
movimiento político de toda la clase podría jugar para aglutinar al
proletariado en una fuerza consciente de clase. Albert Parsons militó mucho
tiempo en las Ligas de Ocho Horas, pero hasta diciembre de 1885 escribió en
su periódico Alarma: "A nosotros, de la Internacional (hacía
referencia a la anarquista IWPACOR) nos preguntan con frecuencia por
qué no apoyamos activamente al movimiento de la propuesta de ocho horas.
Echémosle mano a lo que podemos conseguir, dicen nuestros amigos de ocho
horas, porque si pedimos demasiado podríamos no recibir nada. Contestamos:
Porque no haremos compromisos. O nuestra posición de que los capitalistas no
tienen ningún derecho a la posesión exclusiva de los medios de vida es
verdad o no lo es. Si tenemos razón, pues reconocer que los capitalistas
tienen el derecho a ocho horas de nuestro trabajo es más que un compromiso;
es una virtual concesión de que el sistema de salarios es justo". La prensa
anarquista sostenía: "Aunque el sistema de ocho horas se estableciera en
esta tardía fecha, los trabajadores asalariados... seguirían siendo los
esclavos de sus amos".
Tal
posición ignoraba el avance de la lucha de clases en ese momento: antes de
esa década, la burguesía había jugado un papel predominante en el
movimiento revolucionario y ejerció el liderato de la lucha contra el
sistema de esclavitud. En este contexto, la demanda de "ocho horas" jugaba
un papel crucial para diferenciar las nacientes corrientes proletarias
de las de otras clases.
Objetivamente, los trabajadores estaban trazando una línea de batalla entre
clases y, a pesar de las tergiversaciones subsiguientes de los
historiadores, así fue como llegaron a ver el "movimiento de ocho horas"
todos los lados. Naturalmente, algunos trabajadores se apresuraron a unirse
por razones no más elevadas que ganar un día de trabajo más corto para sí o
para su taller. La naturaleza de todos los grandes movimientos es que atraen
la participación de capas anteriormente pasivas e inconscientes del
proletariado. Sin embargo, decir que eso fue la esencia de
1886, como lo hacen los revisionistas, es más que una mentira. Pretende
establecer que el proletariado no tiene aspiraciones más elevadas que un
poco de tiempo libre y bienestar dentro de este sistema.
A
diferencia de Powderly, los anarco-socialistas de Chicago, una vez que se
dieron cuenta del impacto objetivo de tal movimiento histórico,
simplemente no estaban dispuestos a ir contra la corriente. Echaron a un
lado sus prejuicios previos y entraron a un movimiento, en gran medida
espontáneo, para infundirle un contenido revolucionario.
Parsons
escribió que sus fuerzas se unieron "primero, porque era un movimiento de
clase contra la dominación, y por eso histórico, revolucionario y necesario;
y segundo, decidimos no mantenernos apartados para que no nos malentendieran
nuestros compañeros de trabajo".
El 19 de
marzo de 1886, el Arbeiter Zeitung escribió: "Si no nos movemos
pronto para una revolución sangrienta, no dejaremos a nuestros hijos más que
la pobreza y esclavitud. Así que prepárense, con toda discreción, para la
revolución". Las Lehr und Wehr Verein cobraron fuerzas; al
aproximarse la primavera contaban con más de mil militantes. Se hablaba de
milicias de defensa similares en Cincinnati, Detroit, St. Louis, Omaha,
Newark, Nueva York, San Francisco, Denver y otras ciudades.
Al
aproximarse el día definitivo, marchas semanales recorrían las calles de
Chicago con pancartas así: "La revolución social", "Abajo el trono, el altar
y los adinerados" y "Obreros ármense". Durante las marchas nocturnas, con
antorchas iluminándoles la cara, los trabajadores cantaban:
Millones de trabajadores están despertando ahí están marchando adelante.
Todos los tiranos están temblando antes de que se desvanezca su poder.
La víspera
del Primero de Mayo, el Arbeiter Zeitung publicó los siguientes
pasajes, que muestran el tono de confrontación que imperaba:
"¡Adelante
con valor! El Conflicto ha comenzado. Un ejército de trabajadores
asalariados está desocupado. El capitalismo esconde sus garras de tigre
detrás de las murallas del orden. Obreros, que vuestra consigna sea: ¡No al
compromiso! ¡Cobardes a la retaguardia! ¡Hombres al frente!"
La suerte
está echada. Ha llegado el Primero de Mayo. Durante veinte años el pueblo
trabajador ha venido pidiendo que los concusionarios establezcan el sistema
de ocho horas, pero lo han entretenido con promesas. Hace dos años los
trabajadores decidieron que se debe introducir el sistema de ocho horas en
Estados Unidos el primer día de mayo de 1886. En todas partes, se reconoció
lo razonable que era esta demanda. Todos, aparentemente, estaban a favor de
reducir las horas; pero al aproximarse la hora, se perfiló un cambio. Lo que
en teoría era razonable y modesto pasó a ser insolente e irrazonable.
Finalmente quedó claro que el himno de ocho horas se cantó solamente para
alejar a los burros de trabajo del socialismo.
"Que los
trabajadores pueden insistir enérgicamente en el movimiento de ocho horas,
jamás se le ocurrió al patrón.... Lo que hay que ver es si los trabajadores
se someterán o harán que sus verdugos potenciales reconozcan las ideas
modernas. Esperamos que sea lo último".
Ese número
del periódico publicó una advertencia prominente: "Se dice que en la persona
de uno de los camaradas arrestados en Nueva York se encontró una lista de
miembros y que a todos los camaradas comprometidos los han arrestado. Así
que, destruyan todas las listas de miembros y libros de acta donde se tengan
tales cosas. Limpien sus armas, completen sus municiones. Los asesinos a
sueldo de los capitalistas, la policía y la milicia, están listos a matar.
Ningún obrero debe salir de su casa en estos días con los bolsillos vacíos".
La clase
dominante también hacía sus preparativos, apuntando especialmente al
liderato de los trabajadores. El Chicago Mail sacó un editorial
ominoso: "Hay dos rufianes peligrosos sueltos en esta ciudad; dos cobardes
escurridizos que se proponen armar bronca. Uno se llama Parsons; el otro se
llama Spies.... Obsérvenlos hoy. No les quiten el ojo de encima. Háganlos
personalmente responsables de cualquier problema que ocurra. Denles un
castigo ejemplar si ocurren problemas".
¡Primero de Mayo!
Primero de
Mayo de 1886. Un periódico de Chicago informó: "No salía humo de las altas
chimeneas de las fábricas y talleres; y todo tenía un aire dominical". El
Philadelphia Tribune escribió: "Al `elemento obrero' lo ha picado una
especie de tarántula universal... se ha `alocado'".
En
Detroit, 11.000 trabajadores marcharon en un desfile de ocho horas. En Nueva
York, una marcha con antorchas de 25.000 obreros pasó como torrente de
Broadway a Unión Square; 40.000 hicieron huelga.
En
Cincinnati, un trabajador describió el mitin inicial: "Solamente llevamos
banderas rojas... la única canción que cantamos fue `Arbeiters
Marseillaise'... un batallón obrero de 400 rifles Springfield encabezó
el desfile. Era la Leher und Wehr Verein, la sociedad protectora y
educacional de obreros aguerridos.... Todos esperábamos violencia, supongo".
En
Louisville, Kentucky, más de 6000 trabajadores, negros y blancos, marcharon
por el Parque Nacional violando deliberadamente el edicto que prohibía la
entrada de gente de color.
En
Chicago, el baluarte de la rebelión, por lo menos 30.000 obreros hicieron
huelga. Todos los trenes pararon, los corrales de ganado se cerraron, los
muelles estaban repletos de barcazas llenas de carga. A los líderes
conservadores los empujaron a la periferia. Un gran chorro de proletarios y
familias, en ropa de domingo, llenó la avenida Michigan.
Pero la
calma "dominical" era engañosa y temporal. Escondidos en los callejones,
desparramados en techos estratégicos, esperaban policías armados listos para
una guerra franca. En los arsenales esperaban mil miembros de la Guardia
Nacional con equipo especial: ametralladoras Gatling.
El "Comité
de Ciudadanos" de la clase dominante de Chicago decidió que era necesario
crear incidentes para decapitar y aplastar el movimiento. La policía comenzó
a atacar a los trabajadores dondequiera que se congregaran. Un reporte
policial virulento declaró que el 2 de mayo una "gran fuerza se reunió" y se
atrevió a poner la bandera nacional patas arriba, "izándola al revés,
símbolo de la revolución que planean hacer en las instituciones americanas".
La
masacre de McCormick
Un
incidente crítico ocurrió en la planta de McCormick Reaper. Los patronos
cerraron la planta desde mediados del verano a los trabajadores
sindicalizados y la policía llevaba a diario grupos de esquiroles. El 2 de
mayo Spies, agotado, se presentó para dar uno de sus muchísimos discursos
ante los trabajadores reunidos en el campo. Mientras un grupo de 6000 ó 7000
trabajadores escuchaba, unos cuantos centenares fueron a confrontar a los
esquiroles que en ese momento salían de la planta.
Del
Arbeiter Zeitung del 4 de mayo: "De repente, se oyeron disparos cerca de
la planta de McCormick y más o menos setenta y cinco asesinos robustos,
grandotes y bien comidos, al mando de un teniente gordo de policía, pasaron,
seguidos por tres vagones llenos de bestias del orden público".
En medio
de una batalla de piedras de los obreros y las balas de la policía, los
trabajadores de repente se dispersaron y huyeron. En la espalda les
explotaron balas. Por lo menos dos trabajadores cayeron muertos; muchos
quedaron heridos, entre ellos muchos niños.
En cosa de
horas un volante, escrito por el iracundo Spies, circulaba en los tugurios
de la clase obrera. "¡¡¡OBREROS, A LAS ARMAS!!!"; proclamó: A sus amos
desataron a sus sabuesos (la policía) y mataron a seis de sus hermanos en
McCormick esta tarde. Mataron a los desafortunados porque ellos, como
ustedes, tuvieron el valor de desobedecer la voluntad suprema de sus
patronos.... Se alzarán en masa, como Hércules, y destruirán el nefando
monstruo que busca destruirlos. ¡A las armas, llamamos a las armas!".
Al día
siguiente, el 3 de mayo, el crecimiento de la huelga era "alarmante". En el
movimiento participaban más de 340.000 trabajadores por todo el país,
190.000 de ellos en huelga. En Chicago, 80.000 hacían huelga. Cuando
centenares de costureras se lanzaron a la calle para sumarse a las
manifestaciones, el Chicago Tribune berreó: "¡Amazonas bravas!".
En este
momento candente, el Arbeiter Zeitung hizo un llamamiento a la lucha
armada, como siempre lo había hecho, salvo que ahora tenía un claro tono de
urgencia.
"La sangre
se ha vertido. Ocurrió lo que tenía que ocurrir. La milicia no ha estado
entrenándose en vano. A lo largo de la historia, el origen de la propiedad
privada ha sido la violencia. La guerra de clases ha llegado.... En la pobre
choza, mujeres y niños cubiertos de retazos lloran por marido y padre. En el
palacio hacen brindis, con copas llenas de vino costoso, por la felicidad de
los bandidos sangrientos del orden público. Séquense las lágrimas, pobres y
condenados: anímense esclavos y tumben el sistema de latrocinio".
En las
salas de reunión de los proletarios, rugían intensos debates; "el tigre
capitalista" efectivamente había atacado y miles debatían cómo responder.
Aparentemente, importantes facciones querían una insurrección. Se convocó
una reunión popular en la plaza Haymarket para la noche del 4 de mayo.
Preocupados por la posibilidad de una emboscada, los organizadores
escogieron un lugar abierto y grande con muchas rutas de escape. Después de
una reñida disputa, Spies dijo después, convenció a los organizadores de
Haymarket de que retiraran su llamamiento a un mitin armado y que, en su
lugar, celebraran el mitin con el mayor número de asistentes posible.
El
incidente de Haymarket
La mañana
del 4 de mayo, la policía atacó una columna de 3000 huelguistas. Por toda la
ciudad se formaron grupos de trabajadores. Al atardecer, Haymarket era una
de las muchas reuniones de protesta, con 3000 participantes.
Los
discursos siguieron, uno tras otro, desde la parte de atrás de un vagón. Al
comenzar a llover, la reunión se disolvió. De repente, cuando solamente
quedaban 200 asistentes, un destacamento de 180 policías, fuertemente
armados, se presentó y un oficial ordenó dispersarse. Le respondieron que
era un mitin legal y pacífico. Cuando el capitán de policía se volteó para
darles órdenes a sus hombres, una bomba estalló en sus filas. La policía
transformó a Haymarket en una zona de fuego indiscriminado, descargando
salva tras salva contra la multitud, matando a varios e hiriendo a 200. En
el barrio reinaba el terror; las farmacias estaban apiñadas de heridos.
Siete
agentes murieron, la mayoría a causa de balas de armas de la policía.
La clase
dominante usó este incidente como pretexto para desatar su planeada
ofensiva: en las calles, en los tribunales y en la prensa. Los periódicos,
en Chicago y por todo el país, se volvieron locos. Demandaron la ejecución
instantánea de todo subversivo. Los titulares bramaban: "Brutos
sangrientos", "Rufianes rojo", "Odeabanderas rojos", "Dinamarquistas". El
Chicago Tribune escribió el 6 de mayo: "Estas serpientes se han
calentado y alimentado bajo el sol de la tolerancia hasta que, al final, se
han envalentonado para atacar la sociedad, el orden público y el gobierno".
El Chicago Herald del 6 de mayo: "La chusma que Spies y Fielden
incitaron a matar no son americanos. Son la hez de Europa que ha venido a
estas costas para abusar de la hospitalidad y desafiar la autoridad del
país".
El 5 de
mayo en Milwaukee la milicia del estado respondió con una masacre sangrienta
de un mitin de trabajadores; balacearon a ocho trabajadores polacos y un
alemán por violar la ley marcial.
En
Chicago, una operación rastrillo llenó las cárceles de miles de
revolucionarios y huelguistas. Para describir los interrogatorios, algunos
historiadores han usado la palabra "tortura". Los grupos de caza usaron
listas de suscripción. Entraron a la fuerza a salas de reunión y casas,
destruyeron prensas obreras. Arrestaron a todo el equipo de imprenta del
Arbeiter Zeitung. La policía exhibió todas las "pruebas" que se había
precavido de "encontrar": municiones, rifles, espadas, porras,
publicaciones, banderas rojas, pancartas agitadoras, plomo a granel, moldes
de balas, dinamita, bombas, instrucciones para fabricar bombas, campos
subterráneos de tiro al blanco.... La prensa hizo mucho escándalo sobre cada
descubrimiento. Frente a esta salva de ataques, la huelga general se
desintegró. El liderato de los trabajadores de inclinaciones revolucionarias
estaba en las garras de la burguesía.
El
juicio de Haymarket
La clase
dominante abrió un gran jurado en Chicago a mediados de mayo de 1886. La
acusación: asesinar un policía que murió en Haymarket. Todos los acusados
eran miembros prominentes de la IWPA: August Spies, Michael Schwab, Samuel
Fielden, Albert R. Parsons, Adolf Fischer, George Engel, Louis Lingg y Oscar
Neebe.
A todas
luces, el juicio fue un linchamiento legal. Primero, juzgaron a todos los
acusados en un juicio conjunto, aunque eran un grupo muy diverso, con ideas
políticas de diferentes tendencias, que jugaron papeles muy distintos en los
hechos de mayo.
Segundo,
la manipulación del jurado fue frontal. El proceso normal de escoger a los
jurados por sorteo se descartó de plano; en su lugar se nombró un alguacil
especial. Este se jactó: "Estoy manejando este proceso y sé qué debo hacer.
Estos tipos van a colgar de una horca con plena seguridad".
Finalmente, y lo más importante, el juicio se celebró sin ninguna prueba de
participación en el incidente de la bomba. Solamente dos de los ocho
acusados estaban presentes en la reunión donde estalló.
La
cuestión de quién soltó la bomba se ha debatido pero jamás se ha resuelto.
Parece que fue un tal Rudolf Schnaubelt y que la fabricó Louis Lingg (quien
ciertamente defendía a gritos el uso de la dinamita). Una importante
pregunta es si Schnaubelt era un luchador callejero anarquista que fue a
atacar a los policías asesinos, o si era un agente provocateur
policial. Los hechos son contradictorios. Se ha probado, sin embargo, que la
policía lo detuvo dos veces después de Haymarket y lo soltó. Esto a lo
mínimo indica que a la policía no le interesaba someter a juicio a la
persona que soltó la bomba; su verdadero blanco era el liderato de la
rebelión, no un perpetrador secundario y ciertamente no un agente policial.
Schnaubelt desapareció de Chicago.
El juicio
duró varios meses. Amenazaron y sobornaron a varios trabajadores para que
dieran un testimonio ridículo sobre conspiraciones de todo tipo. Del
tribunal manaban cuentos sensacionalistas para excitar al país. El asunto
era claro; las palabras del fiscal Grinnell hablaban por sí mismas:
"La ley
está en juicio. La anarquía está en juicio. El gran jurado ha escogido y
acusado a estos hombres porque fueron los líderes. No son más culpables que
los miles que los siguieron. Señores del jurado, condenen a estos hombres,
denles un castigo ejemplar, ahórquenlos y salven nuestras instituciones,
nuestra sociedad".
El juez
agregó que era suficiente que el Estado probara que "estos pocos acusados
han propugnado el uso de proyectiles mortales contra la policía en ocasiones
que podrían ocurrir en el futuro...".
En
resumen, la burguesía estadounidense ya estaba perfeccionando su método de
disfrazar los juicios políticos usando "leyes de conspiración", para
encubrir la supresión de ideas y organizaciones revolucionarias. Los
juzgaron por el crimen de dirigir a los oprimidos, ni más ni menos.
A los
condenados los llamaron a hablar antes de sentenciarlos. Un periodista
escribió: "No muestran ni arrepentimiento ni remordimiento y en su mente
torcida es la sociedad la que está en juicio, no ellos".
Resumiendo
sus principios revolucionarios ante el tribunal. Spies concluyó con estas
palabras: A bueno, estas son mis ideas.... si ustedes piensan que pueden
borrar estas ideas que están ganando más y más partidarios con el paso de
cada día, si ustedes piensan que pueden borrarlas ahorcándonos, si una vez
más ustedes imponen la pena de muerte por atreverse a decir la verdad y los
reto a mostrarnos cuándo hemos mentido digo, si la muerte es la pena por
declarar la verdad, pues (pagaré con orgullo y desafío el alto precio!
¡Llamen al verdugo!".
Lingg, de
21 años, escupió con desafío: A repito que soy enemigo del `orden' de hoy y
repito que, con todas mis fuerzas, mientras tenga aliento para respirar, lo
combatiré.... Los desprecio. Desprecio su orden, sus leyes, su autoridad
apuntalada por la fuerza. Ahórquenme por ello".
Los
siete fueron condenados a muerte.
Surgió un
gran movimiento para defenderlos; se celebraron mítines por todo el mundo:
Holanda, Francia, Rusia, Italia, España y por todo Estados Unidos. En
Alemania, la reacción de los trabajadores sobre Haymarket perturbó tanto a
Bismarck que prohibió toda reunión pública.
Al
aproximarse el día de la ejecución, cambiaron la sentencia de dos de los
condenados a cadena perpetua. Louis Lingg apareció muerto en su celda: un
fulminante de dinamita le voló la tapa de los sesos. No se sabe si esto fue
un acto final de desafío; sin embargo, se rumoraba que le iban a suspender
la ejecución, así que es probable que su muerte fuera un asesinato.
El
11 de noviembre de 1886, denominado luego el "Viernes negro", fue el día
programado para la ejecución. Los periódicos de Chicago vibraban con rumores
de que iba a estallar una guerra civil en las calles. El medio millón de
personas que asistieron al cortejo fúnebre es testimonio de que el
nerviosismo de la burguesía era justificado. Y parece que se propusieron
planes de atacar la cárcel. No obstante, los condenados hicieron que sus
compañeros prometieran no llevar a cabo tales "actos temerarios".
Al
mediodía, cuatro hombres (Spies, Engel, Parsons y Fischer) se presentaron
ante la horca, con togas blancas. Spies habló, mientras le cubrían la cabeza
con la capucha: "Llegará un tiempo en que nuestro silencio será más poderoso
que las voces que ustedes estrangulan hoy". Parsons gritó: "¡Permítame
hablar, sheriff Matson! Que se oiga la voz del pueblo...". El nudo corredizo
se apretó silenciándolo.
Del Obrero Revolucionario No. 351, 14 de abril de 1986